La lluvia atómica, escena inicial del materialismo aleatorio
Lluvia atómica, átomos que caen en paralelo en el vacío, sin encontrarse. No hay realidad, nada existe, no hay mundos moleculares ni geológicos ni sociales, no hay mecánica cuántica ni estelar, tampoco hay relaciones amorosas ni de ninguna otra índole. Nada existe, nada se ha constituido, no hay legalidades naturales, sociales ni amorosas, sólo la pluralidad infinita de átomos que caen. Sólo hay lluvia atómica en la extensión infinita del espacio vacío. Y de pronto, sin cuándo dónde ni por qué determinables, un átomo se desvía infinitesimalmente de su trayectoria, se sale de su surco eterno rectilíneo. Inicio del juego delirante: La desviación provoca el encuentro de este átomo indeterminable con otro átomo y este con otro y así sucesivamente. Comienza el juego de carambolas atómicas que dan lugar a combinaciones nucleares, moleculares y biológicas, sociales. Surgen así, sin una causa asignable, delimitable, efecto de la pura contingencia del encuentro, los mundos cuánticos, moleculares, biológicos y geológicos, también los mundos sociales, políticos, todos ellos con sus legalidades asociadas: físicas, químicas, sociales, políticas, lingüísticas, etc. Todo mundo es un producto radicalmente nuevo que resulta del encuentro atómico y contingente de elementos heterogéneos que han cuajado como la mayonesa cuaja a partir del aceite, la sal y el huevo. Los elementos previos, heterogéneos, que constituyen los mundos pueden ser los átomos, pero también combinaciones atómicas ya dadas. Esto es indiferente. Lo importante es entender que cualquier mundo que se ponga en consideración no existía con anterioridad a su constitución atómica misma, no responde a ningún sentido ni legalidad previas, sólo surge a partir de la conjunción atómica. El aceite, la sal y el huevo no contienen la mayonesa y, sin embargo, la combinación de estos elementos heterogéneos da con algo absolutamente nuevo, eso…, ¡con la mayonesa!
Esta imagen condensa de manera brillante la filosofía materialista en oposición al idealismo que tiene su origen en Platón y Aristóteles. Los antecedentes históricos de la imagen están en Epicuro y podemos encontrarla en el poema de Lucrecio De rerum natura. El filósofo comunista Louis Althusser la rescató para delimitar lo que él denominó, de manera sumamente acertada, la única tradición subterránea del materialismo aleatorio en filosofía, una tradición que tiene su inicio en los aludidos Epicuro y Lucrecio, pero que llegará hasta Marx, pasando por Maquiavelo y Spinoza.
Sin Origen ni Fin
El materialismo aleatorio supuso una revolución que puso patas arriba la filosofía del idealismo establecida por Platón y Aristóteles, una filosofía cuyo dominio, no obstante esta circunstancia, ha prevalecido durante más de veinte siglos y que aún hoy domina en el pensamiento occidental. Este dominio del idealismo cristalizó a través de dos hechos históricos decisivos incontrovertibles: primero, por la persecución del materialismo y la destrucción despiadada de los textos y testimonios materialistas -leer El giro de Stephen Greenblatt-, y segundo, por la necesidad humana de creer, creer o bien que todo tiene una razón (principio de razón suficiente), dicho de otra manera, que todo tiene un Origen que le da explicación, o bien que todo responde a un Fin, que lo que nos pasa pasa por alguna razón, que responde algún sentido último (principio teleológico). Tanto da que ese lugar del Origen venga a ocuparlo Dios, un ente superior creador que crea ex nihilo las criaturas, el Modelo o las Ideas platónicas que dan forma y explican la realidad, o la legalidad última y previa que busca la ciencia moderna, tras cada uno de estos subrogados descansa una misma forma de racionalidad prejuiciada: el principio de razón suficiente, que todo responde a una razón o racionalidad previamente establecidas. E igualmente fútil e ilusoria es la creencia en un Fin en sus diferentes manifestaciones: el primer motor inmóvil aristotélico que mueve, legisla y organiza el mundo cual la amada mueve al amante, el paraíso divino postmortem que compensará y dará sentido a los males y angustias existenciales en este nuestro fatídico mundo, el fin histórico ineludible que justifica la militancia y, en ocasiones, la crueldad revolucionaria, etc. Esta necesidad de creencia en un Origen y/o un Fin está, como también identificó Althusser y antes que él los materialistas griegos, en toda religión.
El materialismo aleatorio sentencia: no hay Origen ni Fin. Con ello el materialismo pone límite al saber adoptando una posición típicamente sofofílica. A este respecto cabe aclarar lo siguiente: da igual lo que, estimado lector, puedas leer por internet, la posición sofofílica no es hacer de la filosofía una moda -cosa nefasta y horrenda, lo peor que puede pasar a una filosofía es que la mercantilicen-, es más bien contraponer una sabiduría del amor frente a un amor a la sabiduría, es el reconocimiento de que todo saber es ineludiblemente un queso emmental y que son estériles los intentos del amor filosófico de tapar los agujeros del conocimiento. Y, si no hay Origen ni Fin, entonces hay agujero en el saber. No hay Origen, esto es, no hay legalidad previa que explique la constitución aleatoria de los mundos a partir del encuentro contingente de elementos heterogéneos, hay en todo caso una legalidad de los mundos una vez estos ya están constituidos. La constitución es materia aleatoria y contingente y, por lo tanto, inexplicable; lo constituido es lo único susceptible de explicación racional o científica. En clave del materialismo histórico, como ilustra Marx en El Capital: carece de sentido buscar un Origen explicativo del capitalismo (por ejemplo, el capitalismo no se encuentra contenido en el feudalismo como la planta en su semilla), su constitución responde al encuentro contingente de elementos heterogéneos dispares: la separación de las amplias masas campesinas de los medios de producción, el enriquecimiento de los antiguos hombres de escudos mediante el comercio, etc. Sí puede entenderse en cambio el capitalismo una vez constituído, su legalidad económica, social y política. Tampoco hay teleología histórica, no hay un Fin ineludible hacia el que avanza la historia, el comunismo no es el Fin inevitable al que empuja y conduce la contradicción entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas en el capitalismo, esta contradicción puede ser necesaria, pero no es ni suficiente ni explicativa del comunismo… si no fuera así, y la historia ya estuviera escrita de antemano bajo estas claves idealistas, ¡para qué diantres sería necesaria la organización de la lucha de clases! Tomamos el materialismo histórico de Marx como botón de muestra, pero esta forma de racionalidad materialista genuina podemos hallarla sin problema igualmente en Maquiavelo, la unidad italiana sólo puede ser producto del encuentro aleatorio entre un príncipe dotado de virtú -capacidades políticas excepcionales- y una coyuntura propicia -la ocasión brindada por la fortuna-, o Spinoza, la naturaleza es causa sui, es la propia composición aleatoria de las relaciones corporales que le son internas, inmanentes, la que da lugar a sus productos.
Ivy Mike, o el amor como fusión nuclear
Y del amor, ¿qué hay del amor? El amor desde la mirada del materialismo aleatorio es, igualmente, un choque nuclear como el de Ivy Mike. Si se nos permite, la canción Ivy Mike de La Casa Azul ilustra a la perfección esta mirada materialista. El amor es el producto de un encuentro de elementos heterogéneos que, como decíamos más arriba siguiendo la metáfora de Althusser, cuajan como la mayonesa, es por lo tanto el encuentro aleatorio de los movimientos sincrónicos entre los partenaires, de sus bailes sígnicos y gestos amorosos y demoledores, de encajes mentales en los que se acompasan y ritman sus universos lingüísticos, sus fantasías, fetiches e ilusiones vitales, de las conjunciones deseantes hechas de belleza visual, químicas -hay o no hay feeling-, etc. Toda esta panoplia de elementos múltiples y heterogéneos cuando se encuentran y cuajan dan lugar a la maravilla del amor, conforman, al modo de un collage onírico, un único y nuevo cuerpo de duración indeterminada. Nadie sabe lo que durará el amor: dos días, una vida… Único cuerpo novedoso, decimos, que es siempre, por lo tanto, articulación inexplicada e imprevisible de principio a fin y que envuelve la complejidad de los niveles aparejados a cada uno de los elementos heterogéneos que aporta cada uno de los partenaires en el marco de un contexto… Gilles Deleuze evocando a Proust decía a este respecto: «no deseo a una mujer sin desear a su vez un paisaje que está envuelto en esa mujer». Se engañan, pues, quienes buscan razones para su amor, pues la combinatoria aleatoria materialista excluye todo Origen y/o Fin explicativos. Cuando se dan las razones iniciales o finales de un amor es la señal definitiva de que no hay tal amor. Yerran también los que pretenden imaginar y conocer por adelantado lo que dará de sí la relación amorosa, sólo el abandono a la combinatoria atómica aleatoria de los elementos heterogéneos en la relación amorosa permite experimentar su recorrido, y ésta, por su carácter aleatorio ínsito, es siempre imprevisible. El amor no es cálculo ni negocio, es producto novedoso de una fusión nuclear.
«El filósofo materialista […] toma siempre el tren «en marcha» […] no conoce ni origen, ni primeros principios, ni destino alguno»
– Louis Althusser
Dedicado a Mónica Jordan y Juan Luis Rubio.
ENM (2024)





