Lacan, en su Seminario 4 La relación de objeto, lanza por primera vez el famoso y enigmático aforismo «amar es dar lo que no se tiene» al océano del significante. A partir de aquí, ese Autre oceánico del significante dará el retorno après-coup de sus significados. Esta paradójica circunstancia se irá repitiendo a lo largo de la enseñanza de Jacques Lacan; así, el significado para el aforismo no será el mismo en el seminario aludido que el retornado, años después, tras los aportes del Seminario 8 sobre La transferencia o el Seminario 20 Aun, por poner un par de ejemplos. Puesto de manifiesto el carácter contingente de los significados, ¿qué podemos decir hoy de este aforismo? ¿qué significa? Como en su primera evocación, el aforismo «amar es dar lo que no se tiene» tiene aún hoy algo de paradójico que nos deja perplejos, ¿cómo es posible dar lo que no se tiene?, y es más, ¿qué es eso que no se tiene? Desde luego, como Heráclito de Éfeso o el mismísimo Hegel antes que él, Lacan bien podría haber sido motejado, a justo título, como «el oscuro». Lacan gusta expresarse oblicuamente, y es normal que así sea, pues en la enunciación, ahí donde el deseo entra en el decir, hay siempre algo enigmático, se abre un hueco respecto a lo enunciado mismo que es el lugar del sujeto inconsciente. 

Quizá una manera ilustrativa de adentrarse en el aforismo «amar es dar lo que se tiene» sea a través de la neurosis obsesiva. Y ello porque el sujeto obsesivo quizá sea el que tiene una especial dificultad cuando de lo que se trata es de amar. Dicho de manera harto esquemática, la estructura del sujeto obsesivo es aquella que tiene por fantasma matar el deseo del Autre, y a través de ello, en un mismo movimiento, lo que está haciendo el sujeto es tapar el propio deseo, obturar la propia falta, su castración. Toda la sintomatología característica del armazón subjetivo del obsesivo está puesta al servicio de tal fin: crearse un deseo imposible como fórmula para evadir su deseo, la típica inflación imaginaria narcisista que arma un yo ideal sumamente elaborado, su gama infinita de rituales existenciales, la moral impecable, su pasión por el orden y contra lo imprevisible, su idea de un Autre matemático, legal, sin falla alguna, etc. Todo contribuye, sin otra fisura que la del síntoma, a evitar la angustia de la castración. En definitiva, en la neurosis obsesiva suele haber, del lado del sujeto, un sujeto fálico, una coraza imaginaria yoica inexpugnable que acaba siendo una auténtica jaula, en ocasiones muy dolorosa, para dicho sujeto, y por el lado del Autre, tenemos un Autre omnipotente y completo, ese Autre que tanto amaba Spinoza y que permite al sujeto hacer de este Autre algo previsible, algo que lo ponga salvo de las contingencias de la vida, etc. Ahora bien, para nuestro cometido, lo realmente interesante en el sujeto obsesivo es cómo ama, si es que a esto puede llamarse amar. Lo hemos dicho, su fantasma es matar el deseo del Autre, su falta, y para acometer esta tarea, como sostiene Lacan en el Seminario 8 titulado La transferencia, una de sus principales estrategias es la oblación. El obsesivo sitúa el deseo de su partenaire al nivel de la demanda, tapa el deseo accediendo a todo lo que su partenaire le pide: si quiere un gato, le trae un gato; si quiere una casa, le compra una casa; si quiere un infans, le da un infans, etc. Si el sujeto obsesivo da con un sujeto histérico, la comedia del no hay relación sexual estará servida, pues en la histeria, como es sabido, el objeto demandado es un objeto que prepara la insatisfacción, cuando el sujeto histérico lo tiene exclama: ¡no era eso!; y es que el objeto demandado en la histeria es una máscara del verdadero deseo histérico inconsciente que es siempre, en última instancia, un hacerse desear. En cualquier caso, como decimos, la comedia está en que el obsesivo cree que con sus regalos tapa el deseo de su partenaire, lo calma, lo controla, lo hace gobernable, y mediante ello, a su vez, esto es decisivo, se refuerza a sí mismo en su dimensión fálica narcisista, se establece en sujeto potente, inexpugnable, poderoso, etc. tapando su propio deseo, su falta, su vulnerabilidad o debilidad, su castración en definitiva. De aquí la particular dificultad para amar del obsesivo, pues lo que da es, justamente, lo que tiene, y amar, ¡amar!, es «dar lo que no se tiene».

Llegados a este punto la pregunta pertinente es: ¿Y qué es entonces lo que no se tiene? Podemos vernos tentados de responder, en línea con el Lacan del Seminario 4: el falo. ¿Por qué? Porque a esa altura de la enseñanza de Lacan de lo que se trataba, para la posición masculina, es de tener o no tener el falo, o también, en la posición femenina, de ser o no ser el falo. La dificultad de este camino estriba en que, dado que no se puede dar un falo que no se tiene ni se es, es tentador caer en una positivización del falo por la vía de los falos imaginarios, lo que a la postre nos atrevemos a decir que nos sitúa, precisamente, en un juego amoroso asimilable al del sujeto obsesivo. ¿Por qué? Porque lo que vamos a tener aquí es que cada partenaire da la falta, su propia castración, al otro para así permitir que este otro se instituya en ese objeto de amor sublime, fálico, que colma, tapa, justamente, esa falta, esa castración. El significante falo aquí, por tanto, permitiría el juego de las demandas amorosas, de la reciprocidad, la complementariedad y la completitud; es más, el amor mismo, mediante esta dialéctica que abre el falo, va a velar el hecho mismo de que no hay relación sexual, lo que sitúa al amor como algo del orden del engaño. 

Ahora bien, ¿cómo dar un paso más en este trayecto? Atendiendo a aquello a lo que apunta el falo en tanto significante, esto es, poniendo nuestra atención en aquello que el sujeto obsesivo rechaza a toda costa: la castración, es decir, aquello que el sujeto no tiene y que, justo por ello, moviliza su deseo, a saber, la ilusión de llenar un vacío mediante la reedición de un goce primordial (jouissance) que fue primigeniamente arrebatado en la castración. Desde luego, ese goce primordial no pasa de ser una ficción, una nada, un vacío que se manifiesta como si siempre ya hubiera estado ahí, pero que, en realidad, es el efecto retroactivo de la introducción del sujeto en el lenguaje, de su castración simbólica para decirlo técnicamente. Es a esto a lo que se refiere Lacan cuando, en su Seminario 7 La ética del psicoanálisis, trata del vaso heideggeriano:

«Es justamente el vacío que crea, introduciendo así la perspectiva misma de llenarlo. Lo vacío y lo pleno son introducidos por el vaso en un mundo que, por sí mismo, no conoce nada igual. A partir de ese significante modelado que es el vaso, lo vacío y lo pleno entran en el mundo… si el vaso puede estar lleno, es en tanto que primero, en su esencia, está vacío.» 

Así pues, es el vaso creado ex nihilo por el alfarero, esto es, por la cadena significante del Autre, el que crea la ilusión retroactiva de un vacío que siempre ya ha estado ahí, esto es, la falta de un goce, y a su vez, la perspectiva, el deseo, de llenarlo, de acceder a ese supuesto goce primordial perdido. Bajo esta perspectiva, pues, como ya hemos indicado, lo que cada partenaire entrega al otro es su propia castración, su vacío, esa ilusión de un goce perdido, que no tiene, pero que anhela recuperar, y se la da al otro para que, cosa imposible, venga a colmarla, para que la restituya. 

Ahora bien, y esto es importante, ¿no es el objeto a, el objeto causa del deseo, ese señuelo al que apunta la pulsión, un objeto cuyo destino ulterior es exactamente tapar esa falta, ese vacío? Quizá estamos ahora en mejor situación para dar un poco más de luz al aforismo «amar es dar lo que no se tiene», pues podemos delimitar de manera más atinada qué es eso que el sujeto no tiene y que, sin embargo, da a su partenaire en el amor: a saber, el objeto a, un objeto paradójico, extimo dirá Lacan,  pues es intimísimo al amante, lo más interior a él en la medida en que moviliza su deseo sin que, no obstante esta circunstancia, no deje de ser externo por cuanto está localizado en el amado como un «no sé qué», como una elusiva X, como un rasgo particular del amado. Ya en 1927, abordando la cuestión del fetichismo, Freud adelantaba lo que puede considerarse un ejemplo particular de ese objeto a: «el brillo sobre la nariz» -«der Glanz auf der Nase»- de una mujer como el rasgo singular que causa el deseo de cierto joven; es más, para ser más precisos, Freud llega incluso a catalogar ese rasgo como «la condición de amor» -«die Liebsbedingung» escribe el psicoanalista en alemán- del joven amante, como un rasgo, en definitiva, que es determinante para el joven a la hora de realizar la elección amorosa de su amada. En resumen, tenemos que lo que el amante no tiene y da al otro es, para decirlo con Freud, su «condición de amor», esto es, el objeto a que estructura su propio guion fantasmático, su singular manera de desear.

En cualquier caso, lo decisivo es que toda esta idea del amor sigue situándonos frente a la idea de amor andrógino que sostiene Aristófanes en El Banquete de Platón: el amor es cosa dos que hacen uno por cuanto se complementan recíprocamente, dicho de otra manera, el uno del amor es una unidad de dos en la que cada uno completa al otro, o dicho aún con más precisión, es una unidad en la que cada uno que no tiene, que está en falta, es completado por el otro con lo que tiene. Estamos, en definitiva, ante lo que popularmente se denomina el mito de la media naranja, un ideal de amor de los complementarios y de la completitud, un amor interesado en el que cada partenaire va a demandar amor, reciprocidad, complementariedad y completitud. Y decimos bien, estamos ante un mito, pues el amor aquí, como ya hemos dejado indicado, no deja de ser un engaño, un velo que tapa el no hay relación sexual  il n’y a pas de rapport sexuel que dirá Lacan-, esto es, la imposibilidad misma de que entre los partenaires se realice el ideal de una reciprocidad sin asimetrías, una complementariedad y completitud absolutas.

Lo que será sumamente relevante es que, en el Seminario 20 Aun, el «ultimísimo Lacan», para usar una expresión cara a Jacques-Alain Miller, intentará pensar el amor por fuera de esta peculiar dialéctica simbólica entre los partenaires que pone en marcha el aludido juego entre las faltas, los objetos y las escenas fantasmáticas que vienen a tapar dichas faltas. ¿De qué manera? Pensando un amor en lo real, es decir, un amor que va a estar advertido de la castración ínsita a cada uno de los partenaires. Lo determinante en esta idea del amor que pasa por lo real es ahora el significante de la castración, el significante de la falta en el Autre : . Este amor, por lo tanto, se va a desprender del ideal de complementariedad y completitud, del interés y lo engañoso propios del amor en su dimensión simbólica, por cuanto lo que cada partenaire va a entregar y percibir ahora en el otro va a ser la castración misma, esto es, la serie de sus debilidades, defectos, sin que, por ello, o más bien, precisamente por ello, no deje de acontecer el amor. Lo que tenemos, en definitiva, es un amor puro que se desprende de todo goce, de toda contaminación pulsional, un amor que pasa por el atravesamiento del fantasma y en el que, consecuentemente, el señuelo objeto a es identificado para ser mutilado abriendo así la posibilidad misma de un amor desinteresado, de un amor que ama ahí donde el otro falla. Lo que resuena en este amor puro, lacaniano, es, desde luego, el ágape cristiano. Quizá sea a través de esta última idea del amor que podemos llegar a la lectura más ajustada del aforismo de Lacan «amar es dar lo que no se tiene», pues aquí lo que se establece como «la condición de amor» es, justamente, los defectos, las debilidades, etc. que, como vimos, el sujeto obsesivo venía a rechazar en el Autre y en sí mismo. Y es que, a fin de cuentas, este amor puro es un amor más allá del amor neurótico de la media naranja…

ENM (2024)

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