Hace 35 años que murió Louis Althusser, tiempo suficiente para hacer el vacío de una distancia tomada. Esto no es distanciarnos del texto althusseriano para adoptar una posición crítica, no hay fuera del texto, no hay dentro y fuera del texto—hoy sabemos que esta es una ficción acrítica y vana—. Nos ocupará algo más arriesgado: hacer el vacío en y a partir del texto de Althusser, como él mismo enseñó a hacer al coste de un precio existencial atroz.
De entrada, no hay obra acabada, cerrada, de Althusser, tampoco hay ni pudo haber, por lo tanto, “althusserianismo”. Esto fue siempre, y continúa siendo hoy, un despropósito, un «logaritmo amarillo”, y es indiferente lo que a este respecto llegara a pensar Althusser, tampoco vamos a traer a colación, en lo que concierne a esta materia, a sus muchos seguidores nefastos. Sí hay por contra, a lo largo de su producción, una operativa, una repetición decisiva, que culmina en un punto de llegada increíble que define, retroactivamente, la importancia y grandeza de su producción.
Tomemos la filosofía, la secuencia de las caracterizaciones que de ella hizo lui, para ilustrarla:
Primera escena: la filosofía como Teoría de la práctica teórica (1962-1965)
Esta posición es elaborada en La revolución teórica de Marx y Para leer El Capital, ambos textos de 1965. La idea de filosofía que Althusser elabora en esta etapa es la filosofía no escrita de Marx. Lui la produce a partir de su lectura de El Capital. La bautizará como la Teoría, teoría con mayúsculas, toma ya. Pero Teoría, ¿de qué? «Teoría de la práctica teórica», que se ocupa de las prácticas —sean las que sean: científicas, políticas, ideológicas, productivas, etc.— y de la articulación (Gliederung) de las mismas en un todo social complejo. Teoría o práctica teórica que es, pues, una práctica entre las prácticas, pero que ocupa el lugar de excepción que totaliza y esclarece la cuenta y articulación misma de la serie de prácticas sociales.
Leamos sintomáticamente, como nos enseñó el propio Althusser, este proyecto filosófico: ¿A qué pregunta responde? ¿Qué lugar ocupa la filosofía en esta configuración? La lectura sintomática exige sustraerse de una lectura ingenua que se quede en el sentido explícito y evidente del texto, superarla para traer a colación, hacer explícitas, las preguntas implícitas que convoca la propia formulación teórica. ¿Cuál era la filosofía de Marx? ¿Qué quería Marx? ¿Qué conocimiento implícito hay en estado práctico en el movimiento comunista y sus experiencias revolucionarias? Es justo para responder a estas preguntas que Althusser introduce la Teoría, luego la Teoría aquí es, para decirlo con Lacan, el falo Φ como producto de la metáfora paterna, esto es, la operación que sustituye un enigma textual opaco por una significación rigurosa, articulada, que vuelve legible lo que en El Capital funciona sin haber sido nombrado. Lo que no debe pasársenos por alto es el movimiento conceptual mismo por el cual Althusser eleva la práctica teórica, la reduplica, como Teoría. ¿Qué hace Althusser mediante este movimiento? Constituye la filosofía en significante amo, en garante del conocimiento, pero este gesto es innecesario si la práctica teórica fuera lo que en realidad dice ser. En este momento, la filosofía —y mutatis mutandis Althusser— es la respuesta al enigma de Marx mediante la producción de un régimen de significación de saber, de un saber del saber. La ecuación que resume este primer momento es «Althusser = marxismo = ciencia”.
Pero hay algo más que la operación enunciativa no nombra y que el síntoma delata: mientras la metáfora paterna opera en el plano doctrinal (la Teoría sustituye el enigma marxiano), Althusser permanece subjetivamente capturado en la posición de ser la Teoría, encarnarla como hizo de niño con la máscara lui, ofrecerse como lo que quiere el Otro filosófico-político. La Teoría no es algo que Althusser tenga, es lo que Althusser pretende ser. De ahí que el desmentido público, el fracaso de la operación, fuera vivido por él como angustia de aniquilación: cuando se es el pleroma mismo que completa, no hay distancia subjetiva que permita el error sin colapso. Muy hegeliano todo, como el mismo Louis reconoció e hizo explícito en una autocrítica ejemplar, y es que pretender tapar el deseo del Otro, hacer de la filosofía una clausura del saber mediante un gesto nominal que el sujeto encarna sin distancia, es un fantasma.
Segunda escena: la filosofía como lucha de clases en la teoría (1967-1975)
Estamos ante el Althusser de Lenin y la filosofía (1968), Ideología y aparatos ideológicos de Estado (1970), Respuesta a John Lewis (1973) o Elementos de autocrítica (1974). La filosofía «es, en última instancia, lucha de clases en la teoría». La filosofía ya no es ciencia, carece de «objeto» —noción ideológica por antonomasia, más aún que la de «sujeto»—. Luego ya no produce conocimiento, sus enunciados no son verdaderos ni falsos. La filosofía ahora es el lugar teórico donde la lucha de clases se ve representada y el lugar desde donde se producen demarcaciones entre el materialismo y el idealismo para adoptar posiciones justas en términos políticos, pone la ciencia al servicio de la política y la lucha de clases.
Volvamos a la lectura sintomática. ¿Qué quiere decir que la filosofía es lucha de clases en «última instancia»? Por un lado, que la filosofía responde a la política, sirve a las clases dominantes —idealismo— o sirve a las clases dominadas —materialismo— en la lucha de clases; por otro, que lo hace en… «última instancia». Althusser trae aquí a colación una conceptualización que usó para combatir el economicismo reductivista: la economía es la determinante en «última instancia», lo cual decía que su eficacia nunca se daba de manera solitaria y transparente, sino acompañada y condicionada de forma sobredeterminada por las condiciones de su propia existencia: ideología, derecho, política, etc. Resultado: la economía nunca era la primera, nunca se mostraba con presencia cristalina, sino de manera estructuralmente diferida. Al llevar este concepto a la filosofía Althusser la endosa en un lugar estructural de respuesta imposible, no puede decidir cuando su intervención es justa, pues el Otro de la lucha de clases, su demanda, siempre se revela de manera postergada y sin clausurar. La filosofía funciona nuevamente como falo Φ, pero ahora opera como significante del deseo del Otro: se busca esclarecer lo que el Otro político (el Partido, la clase obrera, el marxismo oficial, etc.) desea para taparlo, pero la formulación en términos engelsianos de «última instancia» hace la empresa imposible, una vez más.
La diferencia respecto al momento teoricista es decisiva, y opera en dos planos a la vez. En el plano de la operación: la filosofía aquí ya no produce un régimen de significación que responda al enigma de un texto, sino que se ofrece como respuesta aplazada a una demanda política opaca. En el plano subjetivo: Althusser ha pasado de ser a tener. Ya no se identifica sin distancia con la Teoría como con lui; ha renunciado a la ecuación «marxismo = ciencia», ha asumido que la filosofía no produce conocimientos y que él no encarna el saber. Ahora tiene posiciones, las maneja como instrumentos de combate, las modifica, las autocrítica. La filosofía aquí ya no ocupa el lugar de garante soberano que detenta el saber, no estamos ante una respuesta que pretenda ser el saber que responde al enigma del Otro produciendo una significación articulada; estamos ante una respuesta que busca tener el falo —posiciones justas— para tapar el deseo de un Otro político, el de la lucha de clases, que permanece impenetrable. La ecuación que resume este segundo momento podría escribirse así: «Althusser = filósofo militante = portador de posiciones justas para un Otro político diferido».
Tercera escena: la filosofía como posición de tesis (1975-1978)
Esta nueva caracterización la tenemos en Ser marxista en filosofía, escrito en 1976 y publicado póstumamente en 2015, aunque también podemos encontrarla esquemáticamente en La transformación de la filosofía, una conferencia de ese mismo año. La filosofía aquí es pura toma de posición, ya no hay ni cientificidad (escena primera) ni representación de la lucha de clases (escena segunda). Althusser sostiene categóricamente que «en filosofía no hay descubrimiento, sino posiciones». Las tesis no se demuestran ni son validadas por la lucha, se afirman en un campo de posiciones que rivalizan entre sí, constituyen una toma de partido que no puede fundamentarse.
¿Dónde está aquí el síntoma? Althusser quiere deshacerse del fundamento —la filosofía no se sustenta en el descubrimiento ni la verdad—, pone el acento en el acto mismo de toma de posición mediante tesis. Mediante este acento lui hace agujero en el saber, este nunca puede ser completo ni garante de la toma de posición, pero entonces ¿cómo discriminar las tesis justas de las injustas? Lo paradójico es que aquí el agujero en el saber queda ocupado automáticamente por las tesis que pasan a funcionar como significante amo. Y este síntoma cobra aún mayor relevancia desde el momento en que Ser marxista en filosofía, el texto que elabora esta tesis, jamás fue publicado. La operación insólita aquí es que el falo no se afirma, no hay ya doctrina, sea en una versión teoricista o en una versión militante al servicio de la lucha de clases; por el contrario, se sustrae mediante la retirada de toda doctrina. Paradoja: el falo negativizado funciona como nuevo falo. En otros términos, la negatividad misma en el proceso acaba siendo una afirmación del mismo que diría Hegel, o para formularlo en términos más contemporáneos, la filosofía que se postula en la carencia de centro recae en la lógica del centro por la vía negativa.
Tentativa, pues, de una filosofía del no fundamento, sin lógica de la significación —escena primera— ni significante del deseo que lo construya —escena segunda—, que acaba por encontrar en esa falta misma su fundamento. El falo es despedido por la puerta y entra, sin previo aviso, por la ventana. Dicho aún de otra manera, lo que sostiene ahora, lo que opera como falo, es su sustracción misma. La subjetividad de Althusser de esta época sucumbe en la depresión, en “felices depresiones” que apuntan a un goce otro más allá del goce fálico: caen las máscaras “filósofo científico” y “filósofo militante”.
Cuarta escena: el materialismo del encuentro (1982-1986)
Última escena, póstuma. Estamos en La corriente subterránea del materialismo del encuentro, escrito en1982, nos alcanzó de manera póstuma, pero se nos adelanta en Filosofía y marxismo, unas entrevistas con Fernanda Navarro publicadas en 1988. Una filosofía cautivadora, de una belleza sin parangón, que se construye a partir de Epicuro, Lucrecio, Maquiavelo, Marx y que llega, según nuestro filósofo de la calle Ulm, hasta Heidegger y Derrida. La filosofía aquí es un pensar bajo la primacía del clinamen, un desvío sin localización ni explicación en un origen o fin, que desencadena un encuentro aleatorio de elementos preexistentes que «toman consistencia». La mayonesa era el ejemplo predilecto de Althusser. ¿Qué es la mayonesa? Una realidad nueva que toma cuerpo, cuaja, a partir del encuentro aleatorio de elementos preexistentes que no la contienen ni están destinados a producirla, sólo su combinación aleatoria la produce. Es la filosofía del proceso sin Sujeto, Origen, Fin ni Sentido, conceptos idealistas que son sustituidos por el clinamen, por el desvío contingente. Epicuro es el materialista por antonomasia que responde al idealismo dejando vacío el lugar de una supuesta explicación del proceso (histórico, natural, biográfico, etc.) en términos de necesidad —Platón— o teleología —Aristóteles—.
Una de las frases más hermosas de La corriente subterránea es «en lugar de pensar la contingencia como modalidad o excepción de la necesidad, hay que pensar la necesidad como el devenir-necesario del encuentro de contingentes». Para expresarlo de otro modo, la contingencia no es la excepción de la necesidad, la necesidad es la consecuencia necesaria de la contingencia. Baste un ejemplo: no ha de entenderse el emerger del capitalismo, su excepcionalidad histórica, como la consecuencia necesaria o teleológica del feudalismo —el capitalismo no es al feudalismo lo que la planta a la semilla—; sino, por el contrario, como piensa Marx en los capítulos finales de El capital, el capitalismo —la necesidad de sus leyes sistémicas implacables— es el resultado del encuentro aleatorio de elementos heterogéneos con temporalidades propias que no lo contenían ni estaban destinados de antemano a producirlo (expropiación salvaje de campesinos, colonización, etc.). Lo realmente importante que pone en juego el materialismo no son sus figuraciones atómicas, sino otra racionalidad radicalmente diferente. Pero atentos: volvamos a leer a Althusser como él leía a Marx: «devenir-necesario del encuentro de contingentes…». ¡Síntoma! Otra vez: el amo reaparece en el gesto mismo de intentar deshacerse de él. La primacía del clinamen o la contingencia intenta dejar vacío el lugar del principio explicativo que en el idealismo ocupaban la necesidad y la teleología; pero, en ese mismo gesto conceptual, la contingencia es establecido en nuevo principio, el significante amo S1 tachado queda restablecido como nuevo significante amo. El falo, ahora en su versión Φ como significante del goce fálico, opera como inscripción de la contingencia en lo simbólico, es la forma articulada de pensar el goce del clinamen como cuenta de la toma de consistencias. Althusser pretende renunciar al falo (fundamento, necesidad, teología, totalización, etc.), pero lo reinstala en cada gesto: la contingencia deviene necesaria, los pensadores aleatorios hacen tradición, los encuentros aleatorios toman consistencia. Goza fálicamente cual místico: goza de la renuncia del goce. El síntoma aquí es sumamente revelador: mientras funciona el lenguaje del fundamento, aunque sea para negarlo, opera el falo. Estamos ante la dimensión fálica en su expresión más elevada y por ello mismo, no sin paradoja, en su versión más sintomática: Althusser intenta pensar, articular, en suma, introducir en la cuenta lo que no puede sino escapar a la cuenta: lo real que escapa a la subsunción fálica numerable. Una filosofía increíble que ya se escribe desde el non-lieu, tras el asesinato de Hélène y el derrumbe subjetivo de Althusser, y que, en un paralelismo estructural, intenta dotar de una inscripción simbólica al crimen cometido. Y sin embargo, y aunque suene a perogrullada, no puede escribirse lo que no cesa de no escribirse…
Cierre: la lectura sintomática…
Cuatro escenas, cuatro caracterizaciones de la filosofía, y sin embargo, sin que hasta ahora se haya dado cuenta de ello, había otra “filosofía” a lo largo de toda la trayectoria de Althusser. Una “filosofía” o, dicho con más precisión, una no filosofía. Nos referimos a su manera de leer, a la lectura sintomática. Esta no filosofía como operativa de lectura estaba en estado práctico desde Para leer El Capital (1965) y llega hasta esa obra única, sin precedente ninguno, que es El porvenir es largo, escrita entre 1985 y 1987, y publicada póstumamente en 1992, dos años después de la muerte de Althusser. ¡Qué escándalo! Veremos por qué. Pero, ¿qué es la lectura sintomática? Podemos decir: lo que venimos haciendo hasta aquí, en este texto y en todos los artículos de Excesos, lo que vamos a hacer aquí, en este texto, hasta terminarlo. También podemos hacer explícita esa operativa de lectura, lo haremos. Antes… encore un effort pour être althussériens: demos una lectura sintomática final a las cuatro escenas anteriores que explicitan las cuatro conceptualizaciones que el filósofo de la calle Ulm hizo de la filosofía.
¿Qué revelan nuestras cuatro escenas? ¡Digámoslo ya! Un despliegue estructural implícito por versiones diferentes del falo, un movimiento que repite una y otra vez un mismo fracaso, el fracaso de hacerse o deshacerse —hemos visto que tanto monta monta tanto— del falo. Desde la posición fálica más robusta (la filosofía del primer Althusser que produce la metáfora paterna y el régimen de significado para tapar el deseo del Otro, Marx y el movimiento comunista) hasta el materialismo del encuentro, tenemos el intento fallido de intentar no ser devorado por el deseo del Otro fijando un palito vertical entre sus mandíbulas. Ahora se iluminan qué eran cada una de esas filosofías, o más bien, qué era la teoría o la filosofía como tales para Althusser: un sinthome. Uno entre otros, también estaban Hélène, el PCF, l’École normale supérieure, todos ellos modos de suplir la operativa fálica fallida en lui. La filosofía en Althusser no era simple oficio, era una condición de existencia, no había juego con la máscara, la máscara para Althusser era, insistimos, su condición de existir. Por ello hay un anudamiento estructural estricto entre las construcciones teóricas de Althusser y su subjetividad misma. Consecuentemente, no se trataba tanto de tapar el agujero del Otro a cada paso como de hacer un cuarto nudo que sostuviera juntos lo real, lo simbólico y lo imaginario. Y sin embargo, el 16 de noviembre toma consistencia el colapso subjetivo definitivo de Althusser, se consuma el crimen de Hélène, su estrangulamiento, punto de inflexión que culmina el desmoronamiento de lo que venían siendo sus apuestas teóricas, el PCF, su lugar en l’École, sus sinthomes en definitiva. La subjetividad de Althusser se cortó, como la mayonesa…
Si traemos a colación todo esto no es porque nos interese la hagiografía, es para elucidar este gesto final, el más radical, lo que tiene que decir, si es que hay algo que decir. ¿Qué es la lectura sintomática? Es la operación misma de localizar el agujero del Otro en su texto. Lo hemos hecho en las cuatro escenas, lo hizo Althusser con Marx, se trata de llevar al límite lo que funciona en el texto -su lógica conceptual, su organización de sentido, etc.- para revelar en sus lapsus, en sus silencios, omisiones, etc. lo que dice, presupone o problematiza sin decirlo explícitamente. En suma, se trata de atenerse a la literalidad del texto, leerlo a la letra, con rigurosidad, para llegar a su punto ciego, a su punto mismo de inconsistencia. Así leía Althusser, y así se leyó a sí mismo en El porvenir es largo. ¿Qué hace el caimán en este texto único sin precedente? He aquí el escándalo: practicar no una quinta filosofía sino una no filosofía, que es la lectura sintomática, una operativa que no establece una nueva versión del falo que cubra el agujero —no hay nueva doctrina que ponga el falo como soberano ni como respuesta al deseo del Otro ni como sustracción operativa; tampoco hay un falo místico que goce a través de su renuncia—; hay, por el contrario, una operativa que hace patente la futilidad misma de toda operativa fálica, Althusser lee instalado en S(Ⱥ). Escrito desde el non-lieu judicial, El porvenir es largo hace que la operación fálica colapse del todo para quedarse en el lugar mismo del agujero. No hay filosofía posible alojada en ese lugar. Y aquí hay que decir lo siguiente si de lo que se trataba era de hacer el vacío de una distancia tomada, Althusser se distingue radicalmente de sus contemporáneos: en Heidegger el ser funciona como falo, en Deleuze hay una mística del no-fundamento muy similar a la del materialismo aleatorio, Derrida se consoló con una lógica de sustracción fálica que difiere una y otra vez el sentido… Hoy podemos ver claro cómo los superó a todos, aunque la Academia no lo reconozca. Ya sabemos que el discurso universitario es un trasunto del discurso del amo.
Dicho esto, todo aparece con claridad meridiana, la no filosofía como lectura sintomática no es la quinta etapa de Althusser, es la condición desde la que las cuatro anteriores se vuelven legibles como serie de relaciones fallidas con el falo. Es la posición desde la cual la propia obra de Althusser se puede leer “althusserianamente”. Por eso solo cuando ninguna de las cuatro filosofías opera ya, cuando el sinthome ha caído y el sujeto escribe desde el non-lieu, puede hacerse el vacío de una distancia tomada que no es ya distancia respecto a Althusser, sino la distancia que él mismo tomó respecto de sí.
ENM (2026)




