Lacan dijo de él que era el síntoma de Freud. Dos consideraciones se siguen de esta aseveración: primero, que Lacan es el lugar en el que emerge un nuevo sentido de la lectura a la letra de Freud; segundo, que dicha lectura no puede ser otra cosa que seguir el texto freudiano explícito con rigurosidad minuciosa hasta alcanzar su punto ciego, el lugar donde falla y emergen sus preguntas y presupuestos implícitos. Dicho sintéticamente: Lacan leyó sintomáticamente a Freud, por eso es su síntoma.
Por fidelidad al gesto de Lacan, podríamos preguntarnos hoy: ¿Es posible leer sintomáticamente a Lacan? ¿Podríamos nosotros hacer síntoma en Lacan? ¿Podríamos ser a Lacan lo que él fue a Freud? El gesto es harto pretencioso y no poco problemático, pues supone redoblar el dispositivo sintomático sobre sí. Entre otras consideraciones, porque en Lacan hay una enseñanza más que una obra a leer sintomáticamente. También porque, aun suponiendo que pudiéramos leer sintomáticamente su enseñanza —lo que tenemos de ella—, esta está elaborada deliberadamente sobre la base de lapsus, retruécanos y neologismos; en suma, está estructurada como el inconsciente. Complicado extraer un síntoma, si el material de la lectura es ya sintomático.
Llegados a esta dificultad, ¿qué es leíble? ¡El puro de Lacan! Sí, el puro de Lacan. Ese puro que le perseguía cada miércoles, en la sesión de sus seminarios. Un puro objeto, un puro torcido, banal, casi ridículo, dañino. Se ha hablado mucho sobre el puro de Lacan como anécdota, no tanto como síntoma. Y sin embargo, ahí estaba, en la boca de Lacan, humeando, consumiéndose en el tiempo, como un cuerpo, como el seminario, como la vida misma.
¿Cómo leer entonces el puro de Lacan? ¿Cómo leerlo sintomáticamente? De entrada, no estamos ante un puro erecto, recto, turgente. Estamos ante un puro retorcido sobre sí, torsionado, defectuoso incluso. ¿Qué le pasó al puro de Lacan? ¿Qué hizo Lacan con su puro? Es muy sintomático. A los lectores del Leonardo da Vinci de Freud, incluso a los legos habituados a la culturilla psicoanalítica, no podrá dejarles de venir a la cabeza el puro como subrogado del falo. No está nada mal, el puro como significante del deseo, del deseo que es deseo del Otro. ¿A qué estaría jugando Lacan bajo este supuesto? ¿Qué están representando en esta escena él y su puro? Pareciera decirnos aquí tenéis el significante de mi deseo; sí, ese es el significante del deseo de un Otro que soy yo, luego aquí estoy yo, Jacques Lacan, ocupando el lugar del Otro para los que me escucháis, para los que me seguís en mis seminarios. No es ese un lugar muy halagüeño para el analista. Pero el puro, insistimos, está torcido, casi maltrecho, y además, cualquier fumador lo sabe, su destino es acabarse, desaparecer. Ese significante, el del deseo del Otro, el que vendría a completarlo, no está como debería estar, no es lo que debería ser, y además, está llamado a faltar, es cuestión de tiempo. Ya hemos hecho el pase por la letra sin darnos cuenta. Ya hemos hecho letra del puro. ¿Por qué? Es sencillo. Para que el significante transite de un significado a otro tiene que haber pasado por la letra. Es un paso estructuralmente insoslayable. Es la torcedura del puro, ese resto material que sobra a toda significación fálica, la que hace letra. El puro de Lacan, por efecto de su torcedura, ya no es el falo, el significante del deseo del Otro, es el significante de la castración del Otro: S(Ⱥ). Yo Lacan, a primera vista, ocupo para vosotros el lugar de un Otro completado por el falo, pero si os fijáis mejor, si os esforzáis en leer sintomáticamente, os percataréis de que ese Otro está en falta, barrado, que el Otro no existe. La consecuencia para los seminaristas, para los seguidores de Lacan si se quiere, es devastadora: ¡Incautos! ¡No esperéis que os entregue un saber! El psicoanálisis no va de eso. ¿Se entiende?
La significación del puro, no obstante, no se agota en esta versión del falo. Hubo muchos puros a lo largo de la enseñanza de Lacan, tantos como versiones del falo: el imaginario, el significante del deseo, el significante operador de la significación, el significante del goce, etc. La lista es amplia, y las significaciones posibles reverberan. No obstante, debemos llamar la atención sobre una que completa lo antedicho de forma decisiva: el falo Amo, el significante-amo S1. Aquí el puro forma parte del vínculo social y su escenificación, hace de semblante, esto es, constituye el emblema que coloca a Lacan en el lugar del Amo, del sujeto que supuestamente sabe. Dicho de otra manera, el puro es a Lacan lo que la toga al juez: un elemento necesario a la mascarada del vínculo social. Y sin embargo, volvemos: el puro está deforme. ¿Se imaginan a un juez con la toga sucia y ajada? ¿Podrían pensar un rey de cetro o corona arruinadas? ¡Sus poderes estarían socavados! El puro torcido de Lacan es un semblante que se resquebraja y que deja su lugar a la castración, nuevamente: S(Ⱥ). ¿Que buscáis estudiantes? ¿Un nuevo Amo? ¡Alerta, hay aquí un puro torcido! Absteneos de ver en mí un nuevo Amo, mi discurso no es el del Amo, barrad ese S1. No tenéis más que mirar… ¡mi puro! En los seminarios, no hay discurso del Amo, hay discurso del analista, y por consiguiente: no soy un Otro, soy un otro. D’un Autre à l’autre: este es el recorrido del dispositivo analítico suscitado por el puro de Lacan.
Vamos pues a por ese autre, con a minúscula. El puro de Lacan, antes que nada, es un objeto: un objeto que Lacan fuma, un objeto que se da a ver a sus seguidores. Curioso puro este que suscita el deseo de ser fumado, también el de ser mirado. No decimos que el puro sea el objeto de deseo —quizá eso lo fuere Lacan para algunos de sus seguidores—, estamos afirmando otra cosa muy diferente: que el puro, además de hacer letra, hace otra cosa: causa el deseo. El puro de Lacan encarna su único invento: el objet petit a. Su torcedura, por consiguiente, debe tener ahora otro estatuto: no ya el de un resto que opera el pase por el significante, sino el del rasgo que causa el deseo. No estamos hablando de cualquier puro, ¡estamos hablando del puro de Lacan! Ese rasgo del puro es un señuelo que mueve y conmueve: es su torcedura la que atrae las miradas, cosa obvia, y el deseo de fumarlo en Lacan, cosa no tan obvia. Esto es maravilloso: no es el objeto como tal, es su torcedura; no es el objeto, es el rasgo del objeto.
Y a partir de aquí, la secuencia es implacable: la torcedura del puro causa el deseo, el fumar lo consume, y el consumirse alcanza su petite mort. El puro de Lacan no representa el objeto a: lo cumple en acto. Cada miércoles, el puro de Lacan realiza ese recorrido completo en el seminario: causa, goce y caída. Y al final, un puro hecho ceniza, un resto material, caliente, inerte y humeante, en el cenicero.
Si elevamos un poco la mirada, la cosa se nos muestra ahora con mayor claridad: la torcedura del puro de Lacan es el punto donde la letra y el objeto a se anudan en un mismo resto: lo que en el puro no se deja absorber por el sentido es lo que, a un tiempo, opera su pasaje y causa el deseo. Dicho aún de otro modo, es un mismo resto el que sostiene el significante y el deseo.
Volvamos al principio, a nuestra pregunta inicial. ¿Puede leerse sintomáticamente a Lacan? No hemos cedido en nuestro deseo de hacerlo. Solo que, si lo hemos logrado, ha sido desplazando el objeto: no leer aquí su corpus, tampoco su enseñanza, leer el puro de Lacan.
ENM 07102042




